La La Land, o escuchar, bailar y amar el cine.

Ezequiel Herrera nos acerca a La ciudad de las estrellas (La La Land). Nota: 9.5
Damien Chazelle lo ha vuelto hacer. Como ocurrió con Whiplash, el director y guionista nos
ofrece una joya cinematográfica para ver y escuchar con detenimiento una y otra vez.

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Exquisita, elegante, bien elaborada y con la genialidad de una banda sonora acorde con los sentimientos y el mensaje que quiere trasmitir, La La Land cuenta la historia de Mia (Emma Stone), una camarera aspirante a ser actriz, y Sebastian (Ryan Gosling) un pianista de jazz infeliz porque no consigue un trabajo estable y por lo tanto no puede cumplir su sueño de abrir su propio local de jazz. Enamorados uno del otro, lucharán por sus sueños hasta hacerlos realidad.

Hasta aquí, todo normal, todo correcto. Una idea sencilla que podría recordar a los musicales clásicos, pero nada más lejos de la realidad. Nos encontramos ante un musical del siglo XXI, que sabe homenajear a los grandes musicales del pasado pero que resuelve de forma original y con suficiente madurez un guión que recordaba mucho a una historia que ya el espectador le sonaba de antes.

La película goza de múltiples detalles que invitan al espectador a recordar por qué ama el cine y la música. Una historia redonda y entrañable acompañada de una música que se queda en la mente y en el corazón del público durante todo el filme y después de éste. Un ritmo y melodía que sirven de leitmotiv de los personajes y de la película en sí. Al escuchar las notas tocadas por la increíble interpretación de Ryan Gosling, el espectador conecta con la historia, con lo que ha pasado y con lo que puede pasar. Emma Stone y Ryan Gosling conectan muy bien en pantalla. Cada diálogo, cada baile, hacen al espectador una delicia bailada y cantada, mediante un trabajo inmenso de dirección artística y de actores por parte de Chazelle, quien controla muy bien todos los detalles del filme, desde los planos donde aparece el personaje de Stone y Gosling, hasta el color y la luz de la fotografía, aspectos que dan pistas al espectador de las intenciones de cada personaje y del estado emocional de éstos, al igual que un homenaje en algún que otro plano al cine musical clásico, sirva de ejemplo Cantando bajo la lluvia.

Hay varias diferencias entre esta película y las de su género, entre ellas, el buen control del tiempo que hay entre canción y canción. Es decir, el director lima con la pereza ocasionada al espectador por escuchar una y otra vez a los actores cantando sin sentido. Un “Buenos días” bailando sobre una mesa, al público de hoy le podría parecer hasta ridículo. En La La Land no ocurre eso. Se canta cuando es necesario y cuando tenga sentido en el argumento el cual se ve beneficiado por un gran montaje, dando coherencia cronológica al público para poder seguir la historia de forma original y sin perderse en la narración.

Es la “forma” la que hace de esta película un filme irresistible, diferente y único, que invita a la esperanza de recuperar un género que ya estaba en picado, olvidándose de conectar con todo tipo de público.

En este caso, el director sabe conectar el pasado con el presente, con los problemas actuales de la gente de hoy, y sobre todo con algo que a todos nos ha preocupado alguna vez, el amor. Ahí está la clave y guinda a este pastel exquisito, la manera en que se trata un tema tan narrado tanto en la música como en el cine.

Un reloj bien engranado, cuya pieza final se ve reflejada en los últimos (maravillosos y para la historia) cinco minutos de la película, una lección al mundo de lo que es realmente amar, rompiendo así con toda la filosofía del cine de género musical.


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