El médico invisible

Se acaba de despertar. El médico invisible se viste, desayuna, despierta y viste a
sus hijos, les da el desayuno y los deja en el colegio. Luego, en su coche, mientras se dirige al hospital, repasa mentalmente el día de trabajo que le espera. Aún no sabe que no va a ser nada fácil.

micro2

Saluda feliz a sus compañeros. El médico invisible se calza una arrugada bata amarilleada del uso y se sienta frente a un viejo microscopio. Le gusta esa extraña sensación de frescura matinal aromatizada con formol y parafina.

 El médico invisible suma ya once años de preparación como médico y como especialista en anatomía patológica, y diez más de experiencia profesional como patólogo. Tras más de veinte años de estudio médico ya sabe si esas celulitas que ve a través de los ojos de su viejo microscopio son buenas o malas. Es más, sabe diferenciar si son sólo malas o si además tienen la capacidad de quitar una vida. Y es más aún: con un primer vistazo hoy de su primer caso, ya es capaz de estimar que la persona a la que pertenece ese ganglio probablemente no llegue al próximo verano.

 Se remueve incómodo en su asiento. Cáncer. Y de los peores. Él sólo ve un montón de pequeñas células de un bonito color magenta apelotonadas y amoldándose unas a otras. Tan apretadas entre sí que muchas mueren por aplastamiento. Mientras busca en el papel la edad del paciente reza por ver un número alto. Pero el corazón se le detiene un instante cuando lee 39. La gente de 39 años no debería morir, piensa. Y menos de esto. Durante unos minutos es el médico invisible el que más cerca está de la enfermedad. Es el patólogo quien la mira cara a cara, quien la estudia, incluso quien la sufre, y quien finalmente le pone nombre.

Barrett's_mucosa_higher_magnification_Alcian_blue_stain_

Barrett’s_mucosa_higher_magnification_Alcian_blue_stain_

 La mayoría de la gente que camina por nuestras calles patrias ha escuchado alguna vez esta palabra: “patólogo”, pero si les preguntamos, probablemente no sepan quién es ni qué hace. Y quizás algunos piensen en un ente disperso que vive en un laboratorio oscuro y mete a los embriones humanos en tarros con formol para entretenerse mirándolos.

 Nada más lejano a la realidad actual. El patólogo estudia las alteraciones morfológicas y funcionales de las enfermedades y lesiones, así como las causas y signos mediante los cuales se manifiesta.

 Con tan rimbombante e insípida definición dan ganas, desde luego, de pasar la página e ir a otra cosa mariposa. En realidad, un patólogo es un médico que se ha especializado en ver cómo es la enfermedad. En su quehacer diario abre los botes procedentes de los quirófanos y que contienen pequeñas biopsias, lesiones de la piel, trozos de intestino, riñones, tumores, embriones abortados o cualquier tejido que al cirujano se le haya ocurrido extirpar. Los estudia minuciosamente y selecciona las áreas que más le interesan, y al cabo de unas 24 horas recibe, de manos de los técnicos, una baraja completa de laminillas de cristal con cortes de 5 micras de espesor procedentes de esos tejidos. Suficiente para dejar pasar la luz y poder ver qué se está cociendo ahí abajo. Al asomarse al microscopio se le aparece un mundo insólito.

 Un mundo en el que células de toda estirpe y naturaleza luchan contra el bacilo de la tuberculosis creando gigantescas trincheras llamadas granulomas para aislarlo e intentar eliminarlo. Un mundo en el que una sola célula con su ADN dañado puede empezar a multiplicarse infinitas veces hasta llevar a la persona a la muerte. Pero en este mundo lleno de complicaciones y peligros, no todo es lo que parece, y las imágenes más hermosas pueden esconder verdaderos horrores.

 Diferenciar lo benigno de lo maligno no es tarea sencilla. La línea que los separa es muchas veces difusa e irregular. Y un error en estas lides no está permitido. Nunca. Porque un error aquí haría que un paciente sin cáncer reciba varias dosis de radiación y quimioterapia que marchitan y envenenan su cuerpo. Un error aquí haría que un paciente muy enfermo no reciba tratamiento durante, al menos, un tiempo. Y el tiempo aquí y ahora es crucial.

 En los gigantescos hospitales y laboratorios de la capital investigan y rebuscan entre moléculas, genes y proteínas para hallar soluciones a los distintos cánceres. El médico invisible sabe que esas investigaciones son necesarias para el futuro, pero de momento tira de lo que tiene en su pequeño hospital: conocimientos, experiencia, un microscopio y algunos libros. Realiza el informe pertinente y lo firma. Estampa su sello personal en esta trágica historia. A día de hoy y ante tanto avance médico, cualquier tumor necesita la rúbrica de un patólogo. Ahora les toca a cirujanos y oncólogos decidir, con el informe en la mano, qué van a hacer con la paciente. Si el informe es erróneo, también ellos errarán.

 Al médico invisible nadie lo ve, a pesar de que su labor es el eje principal de la actividad quirúrgica y oncológica de todo el entramado sanitario. Nadie sabe que es él y no una máquina quien dice si eso que te quitaron el otro día es un vulgar pólipo o algo de lo que preocuparse. Nadie sabe que él determina si esa manchita de tu piel terminará siendo eso: una vulgar manchita, o algo que te puede llevar a la tumba. Nadie sabe que en una autopsia él es el primero que termina sabiendo de qué se ha muerto. Nadie sabe que en un transplante de madrugada es él quien dice si el riñón transplantado va a ser rechazado y hay que quitarlo, o por el contrario va a ser bien “acogido” en ese nuevo cuerpo y va a mejorar la vida de una familia entera. Nadie sabe eso, porque nadie lo ve. Pero está ahí.

 Ha habido suerte. El riñón transplantado va a ir bien. El médico invisible apaga su viejo microscopio y regresa a casa. Al salir a la calle, un par de fumadores en la puerta se quedan mirando en silencio preguntándose quién narices será ese tipo soñoliento y algo despeinado que, sin saber porqué, sale de un hospital a las cinco de la mañana y se aleja cansinamente.

, , ,


Busca: Puntos de Liberación de Libros en un mapa del Tesoro un poco más grande

Una respuesta a “El médico invisible”

  1. María Dolores Infante
    23 marzo, 2014 a 23:40 #

    Me llamó la atención el título de la Crónica: “El médico invisible”. Después de leerlo, pensé en lo triste que es, en realidad, el trabajo al que se refiere. Pero sin él, estaríamos muy perdidos. Admirable trabajo. Perfecta expresión literaria. Imaginación envidiable. Eficacia paterna. Monotonía atractiva. Resultado conseguido. Un hombre del Renacimiento.

Deja un comentario

Por favor sé agradable al opinar aquí. Tu dirección de correo electrónico permanecerá privada.
})();