Golpe al aire

Crítica de Un plan perfecto (Gambit)

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Puede resultar en un principio bastante desconcertante que esta (señalémoslo desde el comienzo) insuficiente película se base en un guión firmado por los fantásticos hermanos Coen, pero lo cierto es que algunas de las claves de Un plan perfecto se mueven en sintonía con el universo coeniano. Sucede que el veterano director Michael Hoffman, los productores o quienes deban entonar el mea culpa no han sabido aprovecharlas. Aunque no quiere quien esto escribe conducir a engaño al lector: si la hubieran dirigido los Coen tampoco habría sido una obra maestra, ni tan siquiera una buena película, incluso ni una obra mejor que la que pueda ser la peor obra de su filmografía. Con toda probabilidad, habría tenido más empaque, habría sido menos torpe y nos habría deparado algunos minutos sugestivos, pero, desde luego, en modo alguno habría estado a la altura a la que nos tienen acostumbrados. Parafraseemos a Akira Kurosawa: un buen guión puede dar una mala película, pero un mal guión no puede dar una buena película. Y el guión de Un plan perfecto, desafortunadamente, no es bueno. Hay que indicar que es, para colmo, un remake libre de una discreta película del 66, Ladrona por amor. Es decir, ni siquiera el germen es original. Sin embargo, que quede claro: no sería un problema si hubiera sido un buen remake. Pero no lo es. Sin duda, ha engrosado sendas cuentas corrientes (hemos de suponer que no lo hacen todo juntos) de los célebres hermanos, pero no aporta nada al séptimo arte.

Hay algo fallido ya en la base de esta cinta protagonizada por Colin Firth y Cameron Diaz. Da la sensación de que los elementos no están bien engarzados y que en ningún momento se sostiene con dignidad el edificio. Hay unos personajes, una puesta en escena, un ritmo, una trama, un estilo en el guión, un estilo en la dirección, etcétera, pero, aunque se atisba el intento de comunicación entre unos y otros elementos, se diría que hablan en distintos idiomas y que, por tanto, nunca llegan a entenderse por completo. Quizás el tramo en el que juegan al Hotel de los líos (por citar una comedia clásica de enredos que describe en su título el tramo al que nos referimos, es decir, por matar dos pájaros de un tiro), conducido por el personaje al que da vida el talentoso, aunque aquí muy mejorable, Colin Firth, es el único momento en el que la propuesta se eleva hasta quedar bien posicionada en los márgenes de la comedia de corte clásico filtrada por el humor noventero propio de los subvalorados Peter y Bobby Farrelly. Si la película se hubiera dejado orientar por ese enfoque, hablaríamos de una comedia, aunque zafia de todas, todas, al menos también decididamente entretenida. Pero no, porque la película no navega por ese mar durante todo el metraje, sino que es arrastrada por el viento de acá para allá sin llegar a encontrarse cómoda en ningún momento si excluimos el citado tramo.

De acuerdo, tampoco hay que exagerar: se deja ver; y guarda en sus entrañas cierta crítica al mercantilismo artístico y una mofa discretamente interesante de los arquetipos regionales/nacionales. Sin embargo, con la cantidad de títulos fascinantes, maravillosos o, al menos, disfrutables que existen, conviene dedicarle a otra película la hora y media que se necesita para ver Un plan perfecto.

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