La música que nos hace inteligentes

Piano

Hace unos días se publicó un estudio de Virgil Griffith en el que se comparaban las calificaciones de alumnos de 1352 colegios de todo el mundo con la música que escuchaban asiduamente. Los resultados fueron, cuanto menos, curiosos.

Dicho estudio asocia mejores notas a los escuchantes de Counting Crows, U2, Radiohead o Bob Dylan; y peores a los fans de Beyoncé, del hip-hop o el reggaeton. Pero lo que más llama la atención es el gran salto existente entre las excelentes calificaciones de aquellos que escuchan a Beethoven y las del resto. Es innegable que estudiar música tiene efectos beneficiosos sobre las capacidades cognitivas e intelectuales en los niños, especialmente en el hemisferio cerebral izquierdo, gobernador del lenguaje, la escritura, las matemáticas o el razonamiento lógico. La práctica musical y su escucha atenta y analítica desarrolla de manera global las distintas capacidades cerebrales.

Incluso para la vida intrauterina es provechosa: a partir de las 18 semanas de gestación ya llegan sonidos al cerebro fetal a través de la audición, estimulando la fisiología encefálica, regulando el ritmo cardíaco, e incluso mejorando la supervivencia en caso de nacimiento prematuro.

Según el músico Peter Perret, la forma en que los músicos aprenden sus destrezas se basa en una enorme eficiencia. El músico aprende de forma ordenada, sedimentando conocimientos y destrezas sobre la que después se construyen nuevos y más complejos conocimientos y destrezas. Si a esto le sumamos que, para un músico, la actividad de interpretar es extremadamente placentera, el proceso de aprendizaje se optimiza.

Existen también numerosos estudios hechos con alumnos que reciben formación musical y se comparan con otros que no la reciben, y en todos las calificaciones son siempre mejores en el primer grupo. Aquí parece estar el quid de la cuestión: aquellos que estudiaron música aprendieron a ser más creativos, y por tanto tienen mejor capacidad para encontrar distintas soluciones ante un problema.

El renombrado efecto Mozart, popularizado en los años 90 y de acuerdo al cual al escuchar la música del salzburgués se incrementaba la inteligencia del oyente, perdió rápidamente su validez al advertirse el mismo efecto con Schubert o incluso con Stephen King, proponiéndonos que no es la música lo que estimula el intelecto, sino el interés y la atención prestada.

Pero, ¿realmente escuchar a Beethoven o a una determinada música te hace más inteligente?. La respuesta parece ser no. Pero sí podríamos sugerir que las personas inteligentes, aplicadas, curiosas o atentas parecen encontrar más placer, serenidad, abstracción o concentración con determinadas músicas de mucha más complejidad (óiganse Beethoven, Bach o Vivaldi), que con otras que requieren menos “conexiones cerebrales” para poder entenderla y disfrutarla.

La música no es más que otro campo de conocimiento y cultura que hace nuestra vida más rica y llena, además de ayudarnos a desarrollar la sensibilidad y a educar las emociones, complace nuestras más íntimas inquietudes e incide definitivamente en nuestro estado de ánimo. A la pregunta “¿Para qué sirve la música?”, Iñigo Pirfano dice: “Para nada”. Y luego escribe: “Las cosas más importantes de la vida no son cosas”.

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