Marketing pseudocientífico: la estafa escrita, leída, comprada y consumida.

Es sabido y aceptado que la industria intenta, generalmente, vendernos sus productos mediante algún pequeño truco. El verdadero problema llega cuando, sin pudor alguno, nos estafan y ponen en peligro nuestra salud. Especialmente al abrigo de un abuso de términos científicos sin rigor, pero en los que confiamos. Hoy voy a intentar resumiros algunas de las estafas más llamativas con las que podemos toparnos de manera cotidiana.

Supermercado

En lugar del aceptable término “truquitos”, yo utilizaría “flagrante incumplimiento de la ley vigente”. ¿A qué si no anunciar, para los adictos a sus músculos, una batidora que genera macromoléculas de agua con disposición hexagonal que facilitan la entrada de suplementos alimenticios en la célula?. Menudo fraude. O detergentes que presumen de ecológicos por no llevar enzimas, cuando son unas enzimas llamadas proteasas las que destruyen las manchas y reducen el gasto de agua.

Existen “ecoduchas” que emiten rayos bioinfrarrojos ¡toma ya!) que regulan la fisiología humana, que de ser cierto, sería peligrosísimo. Pero no importa, te venden péptidos antiarrugas, elixires antiedad con nanoliposomas de células madre vegetales, regeneradores celulares con micropartículas de oro, y hasta ¡agua con memoria!: sensible a la música con la que se embotella, o que guarda en sus “homeopáticas neuronas” el efecto de medicamentos con los que han tenido contacto.

 El mundo de la sal merece un artículo aparte. He podido ver (agárrese a la silla) “sal sin productos químicos”, “sal sin gluten”, o “sal sana” en la que han sustituido el sodio por potasio, reventando así el funcionamiento de riñones y corazón. Hay “sal del Himalaya”, con tan increíbles propiedades como elevar la libido, crear energía hidroeléctrica a nivel celular o estabilizar arritmias cardíacas. Pero la palma se la lleva la “sal no modificada genéticamente”. Toda una inversión en I+D, puesto que el cloruro sódico no posee genes. Sencillamente enmudecedor.

 Ironías y risas aparte, habría que dotar al consumidor de las herramientas necesarias para evitar esta masacre. Este fraude continuado pone en peligro nuestro estado nutricional y, por ende, nuestra salud. Y es que erramos estrepitosamente al suponer que cada producto y su etiqueta lleva detrás un estudio serio que se encarga de regular lo que leemos y consumimos. No es así.

 Si las empresas vendedoras utilizan términos que no sobrepasen la frontera de la ilegalidad, el problema entonces está en la ley. El Reglamento 1924/2006 relativo a las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables en los alimentos de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria es un desatino que se parió con enormes presiones de los lobbys alimentarios y cosméticos. Aunque al principio parecía que iba a pararle los pies a muchos, se siguen colando los Actimel, Triptomax o De Memory entre otros. Si encima la administración vigilante y sancionadora no vigila ni multa, pues para qué queremos más.

 Además, en el Gruyère cerebral que supone la falta de sentido común y el lógico desconocimiento sobre materias como la química, la física o la fisiología por parte de gran parte de la población, se nos cuelan cremas que activan genes que codifican proteínas de la juventud (como si esas existieran), o alimentos que “favorecen el desarrollo del sistema inmune”, “regulan el colesterol” (seleccionador nacional mediante) o incluso (prepárese) “previenen el cáncer”.

 Dejemos que sean los científicos responsables los que nos informen bien de lo que damos a nuestro cuerpo. No nos dejemos llevar por etiquetas llamativas o curiosas.

 Pensemos antes de comprar. Los alimentos utilizan flores, aromas y sabores para llamar nuestra atención. La patata en verano, la mandarina en otoño y el brécol en invierno. Y a la cocina. Con una dieta equilibrada lograremos “normalizar la tensión arterial” y “reducir la osteoporosis y la obesidad”, o al menos retrasaremos la visita al médico.

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