Ébola: el contagio del pánico

El fallecimiento de Miguel Pajares en suelo español a causa del ébola ha permitido que los medios de comunicación nos contagien de un miedo que podría invadir Europa, pero no asolarla. Las noticias sobre ébola están bajando, pero los muertos superan ya los 1.200.

Inyeccion

El ébola ha puesto de manifiesto (por enésima vez) la precaria situación sanitario-socio- económica de África. Y ese debería ser el verdadero pánico. El virus del ébola no es un riesgo real para occidente. Las tasas de mortalidad aquí rondarían el 20%: muy lejos del 90% africano. La curación de los americanos probablemente se deba más al tratamiento intensivo de soporte recibido en hospitales modernos del primer mundo que al famoso suero Zmapp.

 Este suero “mágico” es una mezcla de tres anticuerpos que bloquean la actividad del virus. Simple, ¿verdad?. Tan simple como que no cura. Ayuda al cuerpo a defenderse, nada más. Y después más transfusiones, más coagulante, más oxígeno, y a rezar. A Pajares le fue insuficiente, por lo visto. Los milagros en medicina no existen. Puedes morir en Europa de ébola, por supuesto; pero en África, sencillamente, todo mata más.

 El ébola no es extremadamente contagioso. No se transmite por el aire, sino por contacto directo con tejidos o secreciones del infectado, es decir: sangre, vómitos, saliva, semen… Sólo hay que tener las mismas precauciones que para cualquier enfermedad infecciosa. ¿Porqué entonces se ha extendido tan rápido en África?: porque allí no siempre hay guantes, autoclaves, alcohol o agua limpia. Porque allí los enfermos están hacinados. Porque nadie invierte en medidas sanitarias básicas.

 Entonces, ¿porqué los tan avanzados laboratorios del mundo desarrollado no han creado ya una cura?. La respuesta es fácil: el ébola es un virus. No existe a día de hoy ningún tratamiento que cure de ningún virus. Se podría crear una vacuna, pero hay algunas pegas.

 Para empezar habría que aislar todas las proteínas del virus en un laboratorio de máximo nivel de bioseguridad, y sólo existen 5 en el mundo (esto llevaría tiempo y sobre todo dólares). Y tenga en cuenta lo siguiente: entre la viruela y la gripe suman incontables millones de muertos, el VIH va por 40, las hepatitis B y C se llevan cada año 1,3 millones de almas, el rotavirus 1 millón, entre el sarampión y la rabia 200.000. Sólo el dengue infecta 100 millones de personas por año. Y eso si hablamos sólo de virus. Si incluyéramos bacterias, hongos y parásitos sería el acabose. Desde que se descubrió el ébola han fallecido menos de 5000 personas por esta causa. Para los laboratorios de investigación biomédica, invertir en una epidemia con 1.500 muertos es perder dinero.

Sin embargo, los países desarrollados podrían fácilmente destinar una parte de sus fondos a investigar este tipo de enfermedades que asolan los países más pobres del mundo, y a invertir en que tengan, entre otras cosas, una sanidad decente. Tal vez sea demasiado trabajo para las oenegés .

 Pero no tengamos preocupación porque el ébola arrase el mundo occidental. Esto no va a ocurrir, quedemos tranquilos (mientras que el virus no mute a una cepa más agresiva y en 72 horas se convierta el mundo en una peli de zombies).

En serio: no hay peligro  real.

Los de a pie disponemos de sencillas armas para ayudar a frenar una posible propagación, tales como lavarse bien las manos después de cuidar o visitar familiares enfermos, rehuir de la carne cruda, o evitar el contacto directo con infectados. ¿No le suena a que esto ya se lo han dicho antes?.

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Una respuesta a “Ébola: el contagio del pánico”

  1. AMP
    5 septiembre, 2014 a 0:41 #

    Me gusta mucho tu artículo, como todos los anteriores, pero este me toca más la fibra. Quizás porque he llegado a ver con mis propios ojos eso de lo que hablas, la muy muy deficiente sanidad en África. Es indignante ver como se rechaza la investigación de vacunas de enfermedades que allí son endémicas simplemente porque no hay negocio en ello, pero más indignante es comprobar que las medidas más básicas de prevención, agua y jabón, allí son un bien sumamente preciado. Y lo peor, sólo volvemos la vista cuando creemos que el charco puede salpicarnos, el resto del tiempo, ignoramos su existencia.

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